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Vida venenosa

Te levantas una mañana y todo parece fluir de manera más o menos racional. La lógica de los tiempos dicta que debemos seguir poniendo buena cara a la tormenta de la época que nos ha tocado vivir, y no sirve regodearse en cualquier siglo pasado, que forzosamente será mejor. O mejor dicho, solo en algunos casos. Luego lees que se acaba de reeditar un disco que debería escucharse al menos un par de veces al año con toques ceremoniosos y el ruido de fondo deja de ser un mero comparsa y vuelves a creer que en las fronteras de lo improbable siempre hay resquicio para un rayo de luz. De vez en cuando un temblor de vida inteligente agita los cimientos de la maltratada industria discográfica y nos arrastra a unos cuantos a su añorado nuevo orden.

Algo así significan, todavía hoy, trabajos tan rompedores e indispensables como "La leyenda del tiempo", la obra magna que hizo que el genio de Camarón de la Isla proyectara su sombra más allá del sol del flamenco; "Blues de la frontera", la vuelta de tuerca de Pata Negra a su propia leyenda; y fundamentalmente, "Veneno", homónimo disco entroncado con el anterior a través de su base, la entente de la discordia de los peculiares hermanos Amador, cuya gestación, desarrollo y consecuencias se analizan en el documento audiovisual que abajo les enlazo (si pinchan en la imagen podrán escucharlo íntegramente). A mí me sirve, en paralelo a su concienzuda escucha, para calibrar las cosas en su justa medida, que adquiere dimensiones cercanas a la enormidad a medida que conoces sus entresijos.

En una época en que la unión entre etnias, entendida como la asociación creativa de dos gitanos y un payo, era no solo mal considerada sino inevitablemente incomprendida, el hippismo militante de Kiko Veneno, el catalán más sevillano de la historia -o viceversa-, encontró la horma de su zapato cuando conoció a Rafael y Raimundo, un par de asalvajados músicos ajenos hasta entonces a las bondades, después probadamente dudosas, del primer rock sinfónico, encabezado por "el disco de la vaquita, el de Pin Floi" (Rafael Amador dixit, refiriéndose al alucinado "Atom heart mother", grabado por los británicos en 1970) y locos por aprender a tocar la guitarra como aquel negro que escuchaban para deslumbrar a sus primos, un tal Jimi Hendrix, y por dejar un paso por detrás a Smash y a todos los que lo intentaron antes que ellos. El ejercicio de vanguardismo musical que supuso la grabación fue el leit-motiv usado por Pedro Barbadillo y Luis Clemente, sendos estudiosos del género, para rodar este documental incluyendo animaciones plenamente justificadas (el toque arty de artistas norteamericanos que ya empezaba a llegar a España) para agilizar la narración, testimonios de primera mano sobre una España en pleno despegue artístico pero aún atascada en su propia oscuridad (el chabolismo, el underground y la dependencia de las drogas también tienen el protagonismo debido) y retratos de personajes únicos (Juan "El Camas", palmero de Veneno, es una de esas presencias entrañables que tendrían que existir a perpetuidad).

Hay muchas otras cosas detrás de estas canciones, de estas palabras y de estas imágenes, desde la misma portada en la que se atrevieron a fotografiar una pastilla de hachís (hay que tenerlos bien puestos). Hay una inocencia latente de ambición, un camino preñado de dificultades y un espíritu de libertad y aperturismo que no han vuelto a darse, y extraño sería que volviera, en ninguna otra época ni lugar conocido de nuestra geografía sonora. El veneno de un tiempo que se nos metió en la sangre sin que nosotros ni él mismo fuéramos conscientes de lo necesario que se nos haría ingerirlo de vez en cuando para morir de placer y renacer de inmediato. La vida, viendo lo que hay que ver, es puro veneno. Bebámonosla a largos tragos, como ellos supieron hacer.



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