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Barbas, ironía y letras

Muchas de las grandes historias musicales del siglo XX y parte de la centuria aún en ciernes están contadas en clave de road movie (algunos prefieren llamarlo "rockumentary", apelando a la raíz anglófila de esto del rock), en un intento audiovisual por recrear los vaivenes creativos y devenires cotidianos de los astros que, a la luz de las cámaras, descienden hasta niveles más cercanos a cualquiera de los mortales que acostumbran a verlos con la distancia suficiente para considerarles objetos de admiración. En unos casos, tal devoción está plenamente justificada por los logros artísticos de la hipotética luminaria en cuestión; en otros, la rendición se circunscribe a determinadas actitudes, identificaciones puntuales o destellos de genio que pasan a formar parte de los más íntimos momentos de disfrute individual o colectivo del ciudadano de a pie. Lo que realmente conforta es comprobar que la mayoría de las veces el terreno que pisamos es compartido y hollado de igual forma por los pies de barro de tantos gigantes que nos acaban resultando insospechadamente familiares.

Gigantesca es, en efecto, la obra de un ínclito hombre común llamado Javier Krahe, uno de esos personajes que podrían pasar por perfectamente anónimos en cuanto a aspecto y costumbres, al que nadie que no quisiera sobrepasar el rol de mero observador jamás imaginaría protagonizando una película documental, y con quien pocos imaginarían pasar unos ratos enormemente placenteros en la escucha de sus versos a la oreja, removiendo los resortes de su más recóndito espíritu crítico y acompasando su voz con la de ese señor barbudo, hierático y sublime en sus pullas, lleno de rabia disfrazada de ironía y de despecho vestido de sarcasmo. Para entendernos mejor, nunca un escritor de canciones se alejó tanto del concepto de sí mismo. Y eso lo hace muy grande.

El resumen de una vida plasmada en el rostro arrugado, cincunspecto en sus siete décadas de sinsabores, de un tipo mucho menos común de lo que aparenta, podría ser el siguiente: quince discos oficiales (discografía paralela aparte), cientos de noches eternas atrincherado junto a su mentor Joaquín Sabina en la tarima del mítico local La Mandrágora (un disco esencial para cualquiera que intente ir más allá del tradicional concepto de cantautor), la censura injusta como método de reafirmación ("Cuervo ingenuo", su himno contra las paradojas del socialismo, fue prohibido por el ente público a mediados de los ochenta), las aplicadas traducciones de su ídolo George Brassens ("Marieta" es una adaptación que supera a la original), el Cristo cocinado en televisión como semilla para una injusta y futura querella y un manojo de canciones básicas, que no hacen ruido pero contienen muchas nueces, que fagocitan géneros -siempre cercanos al jazz y la música brasileña, todo hay que decirlo- y llevan la irreverencia y el inconformismo al punto justo de ebullición para que el fuego no estalle nunca pero queme con idéntica fuerza. Un malabarista de las palabras que llegó a escribir una letra rimada exclusivamente con términos esdrújulos ("Antípodas") y que se deleita en la lectura de los clásicos con la misma pasión que rechaza ideologías radicales ("Ay, democracia") o narra los avatares sexuales de su cónyuge ("Vecindario"). Dicho esto, entenderemos que sí, que un artista de su perfil merecía tarde o temprano no uno, sino varios capítulos en nuestra enciclopedia personal.

Así lo entendieron también los cineastas Ana Murugarren y Joaquín Trincado cuando en 2005 rodaron esta película que enfoca a Krahe desde varios prismas y recoge testimonios de amigos y testigos de su trayectoria. En su forma de entender la vida y la música están las claves de una personalidad única e intransferible, y en esta hora y media de dimes y diretes se concentra la esencia de un talento incomprendido y brutal. Si hacen click en la imagen de arriba enlazarán con la escucha de algunos de sus mejores temas en spotify. Esta no es la vida privada de un músico, son muchísimas más cosas.


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