17 sept. 2012

Los dioses de la música se adoran en otros templos


Hermanos del rock and roll, apunten esta fecha en sus agendas como si se tratase del próximo evento al que debieran asistir sin excusa alguna: 5 de agosto de 1973. Sí, ya sé que lo remoto del acontecimiento y la imposibilidad que por ahora tenemos los pertenecientes a la raza humana de viajar en el tiempo y la distancia pueden ser importantes impedimentos para su correcto disfrute, pero sabiendo que las tecnologías y el afán por desempolvar tesoros semiescondidos en la red para darle el nuevo brillo que todavía perdura entre sus imágenes, es sólo una cuestión de arqueología el remontarnos a un escenario tan sagrado para la música como el mítico estadio de Wembley, en Londres, epicentro de grandes competiciones y memorables momentos sonoros, descubrió que había otros dioses a los que las multitudes que poblaban de continuo sus gradas también podrían adorar.

Y además, su altar se erigía un par de décadas atrás, cuando los cincuenta legaron al mundo la mayor hornada de estrellas musicales de la historia. Puro ejercicio de nostalgia, sí, pero poner las cosas en su sitio era necesario (si pinchan en la imagen leerán los cien títulos esenciales de la época). “The London Rock’n’Roll Show” anunciaba un rutilante cartel en el que se reunía la plana mayor del rock aún en activo entonces (y ahora, en algunos casos): Chuck Berry, Little Richard, Bill Haley & His Comets, Jerry Lee Lewis y Bo Diddley eran nombres que por sí solos bastarían para llenar cualquier recinto de tan grandes dimensiones, pero si se sumaba la presencia de Mick Jagger, por ejemplo, para testimoniar la ineludible transición de la primitiva esencia roquera a la intensidad y erudición del blues derivado de la omnipresente negritud, o de un Screaming Lord Sutch que incluso cometió la osadía de subir a una sensual stripper al escenario, tenemos que marcar el día arriba indicado como una jornada básica, un punto y aparte en la historia de la música contemporánea, unas horas durante las que un templo deportivo abrió sus puertas a los príncipes que antes, entonces y ahora siguen compitiendo por el trono de rey absoluto, después de que Su Majestad Elvis lo dejara huérfano, no sabemos si para siempre.

El incendiario show de Lewis, ansioso por demostrarle a Inglaterra que su matrimonio con su prima menor de edad no era ningún pecado; el traje blanco con lunares negros y el sombrero vaquero del peculiarísimo Diddley; el repaso en todos los sentidos que le dio Halley al repertorio popularizado por el anterior Rey; la excentricidad y mala uva de Richard; y sobre todo, la majestuosa presencia de Berry, el patriarca absoluto, el negro con peores costumbres a este lado del Mississippi (pueden ver la entrada que le dedicamos aquí), hicieron que en solo una noche unos pocos miles de personas quedaran convencidos de que es posible, aunque sea tarde, descubrir la magia de la MÚSICA –así, con mayúsculas-. Y hoy, gracias a la filmación de Peter Clifton que aquí les ofrezco, también nosotros podemos hacerlo. Señoras y señores, viajen con nosotros si quieren disfrutar. Feliz travesía.


JJ Stone