7 mar. 2012

El cerebro de la ciencia ficción


La fantasía y la realidad son dos dimensiones paralelas y complementarias. La puerta de una debe ser abierta desde la otra, y nunca debemos olvidar que las dos se contaminan mutuamente, algo necesario para entender los sueños y el anhelo permanente del ser humano por vivir aventuras extraordinarias y por llegar más allá de donde sus posibilidades y conocimientos le permiten. Cuando esa curiosidad, casi malsana, se convierte en vocación y base de tu experiencia vital, cualquier cosa es posible y los objetivos que para el común de los mortales se tornan imposibles pasan a ser perfectamente factibles si se tiene la base adecuada para conseguirlos. Y de eso se encargó nuestro protagonista.
En 1828 nace en Nantes uno de los más grandes escritores del siglo XX, hijo de un reputado abogado parisiense y una acaudalada dama de la alta sociedad de la época. Desde pequeño su gran pasión y casi obsesión fue el mar, tal vez por influencia de su hermano Paul Verne, un experto navegante y hombre de negocios que significó una gran fuente de conocimientos para el inquieto Julio, que ya en su madurez trasladó su residencia a un pequeño pueblo pesquero con tal de no perder de vista su adorado entorno oceánico. Desde muy joven, tras darse cuenta de que los esfuerzos paternos para que continuara los estudios de Derecho no darían fruto alguno, comenzó a empaparse de forma ávida e insaciable de cuantos manuales de bitácora, airtmética, geometría, física y todo aquello que tuviera algo que ver con la navegación que pudieran caer en sus manos, y a pasar largos períodos de tiempo encerrado en su despacho devorando libros y tomando apuntes que, a su muerte, hicieron que se descubrieran más de 25.000 fichas redactadas de su puño y letra que hoy podrían servir como perfecta guía para científicos de todo tipo. Su frustración amorosa, pues estaba perdidamente enamorado de su prima desde pequeño, le llevó también a refugiarse en su biblioteca y a imaginar mundos remotos y viajes imposibles con los que se enfrentaba a su a menudo duro día a día. Aquí pueden escuchar un interesante programa con el que se acercarán a sus misterios.
Con su traslado a París, fue una de las figuras literarias más importantes y respetadas de aquel tiempo, habitual de los círculos más eruditos y confidente y amigo de personalidades como Alejandro Dumas, autor de “Los tres mosqueteros” entre otras obras inmortales. Al final de su vida, casado con una caprichosa mujer a la que nunca amó y decepcionado por las continuas disputas con su hijo, se puede apreciar su desencanto con la sociedad que le tocó vivir en algunas obras como “El faro del fin del mundo”, escrita justo antes de su decadencia física, pues empezaba a padecer una progresiva ceguera y el famoso “mal del escritor” que le impedía mover las manos con normalidad. Finalmente, muere en su casa de Amiens en 1905. Atrás dejaba un prestigio indiscutible y su reconocimiento como el inspirador de muchísimas obras que a su muerte seguían los patrones diseñados por su pluma. “Cinco semanas en globo”, “Viaje al centro de la tierra”, “20.000 leguas de viaje submarino”, “La vuelta al mundo en 80 días” o “Miguel Strogoff” son algunas de sus cumbres literarias. También les dejo una de las mejores adaptaciones cinematográficas que se hicieron de sus páginas, la que Richard Fleischer dirigió y James Mason y Kirk Douglas protagonizaron en 1954... Cuando el mundo esté preparado, gozará de estos descubrimientos.


JJ Stone