15 feb. 2012

Los hipódromos no estarán nunca a salvo



Casi podríamos abrir un ciclo dedicado a los grandes clásicos del cine y a sus inspiradores, todos esos directores que han pasado a la historia por su especial sensibilidad, capacidad de transmitir el arte que imaginaron en su cabeza al rodar el guión correspondiente o simplemente porque fueron dotados de un talento divino para transformar sus pensamientos en imágenes. Stanley Kubrick, polémico y enfermizamente perfeccionista hasta su muerte en 1999, es uno de esos cineastas imprescindibles cuya obra todo buen aficionado al séptimo arte debe revisitar cada cierto tiempo. Realizador de amplia perspectiva, más célebre por excesivas e icónicas obras como "El resplandor" (1980), "La naranja mecánica" (1971) o "2001: Una odisea del espacio" (1968), todas ellas trazadas desde las bases de los respectivos géneros y luego utilizadas como referencia por multitud de creadores, en la mayoría de casos con serias dificultades para superar al original. 
La película de la que les hablo aquí (y que podrán ver abajo) es "Atraco perfecto" (1956) y no es uno de sus títulos más conocidos, ni siquiera entra dentro de las más taquilleras, por no decir que fue todo un fracaso en su momento, tal vez porque la fama de su responsable aún no había hecho mella en el gran público. Aun así, fue capaz de reclutar a grandísimos actores como Sterling Hayden o Coleen Gray, habituales segundos espadas siempre dispuestos a demostrar sus enormes dotes en cuanto les surgiera la oportunidad. Lionel White, autor de la novela original, quedó más que satisfecho con la adaptación, que sirvió para que Kubrick filmara un excepcional guión de cine negro en su más pura esencia y comenzara su viaje a través de los géneros que ya no cesaría en su futura carrera. El peplum con "Espartaco"  (1960), el cine bélico con "Senderos de gloria" (1957) y "La chaqueta metálica" (1987), el drama con "Lolita" (1962), la comedia sardónica y concienciada con "Teléfono rojo: ¿Volamos hacia Moscú?" (1964), el retrato histórico con "Barry Lyndon" (1975) y el erotismo con la incomprendida "Eyes wide shut", que quedó como su testamento cinematográfico. Por el camino, una personalidad arrolladora y contradictoria que apenas podía lidiar con los turbulentos vientos del establishment de Hollywood, gremio al que nunca quiso pertenecer.
Con su figura se cometió otra de tantas injusticias al no ser galardonado con ningún Oscar, aparte del que ganó el equipo responsable de los efectos visuales de "2001", pero siempre será recordado como un experto en el simbolismo de las imágenes y en la poderosa fuerza evocadora que consiguió imprimir a sus cintas. Pocas veces después hemos deseado tanto que los malos se salgan con la suya.

                         

JJ Stone