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Sonambulismo en sepia

El expresionismo en el arte puede dar lugar a múltiples y no siempre acertadas interpretaciones. Doctores tiene la iglesia, y en cualquier enciclopedia cinematográfica son varias las referencias a una película (muda, obviamente) de 1920 rodada en unos estudios berlineses por un incipiente director llamado Robert Wiene, capitaneando un equipo de guionistas conmovidos por un oscuro incidente que vivieron en sus propias carnes, en el que sin saberlo habían sido testigos de la huida de un asesino. Combinando esa impresión con elementos circenses y mágicos que también habían tenido ocasión de conocer, dieron forma a un impresionante guión que no fue nada fácil de llevar a la pantalla. Todavía hoy, impresiona comprobar cómo con sólo dibujar siniestras pinturas en las paredes y techo del set de rodaje, colocar enormes decorados en el sitio justo y acentuar las luces y sombras de forma artesanal se puede crear una atmósfera completamente opresora y desasosegante, justo la idea que perseguían desde el principio los productores.

En el momento de su estreno se dudaba del éxito de una película de tan extremas características, e incluso se ofreció el proyecto a un cineasta más experimentado como Fritz Lang, pero cuando finalmente se presentó el montaje definitivo -restaurado e incorporando nuevos arreglos musicales a lo largo de los años posteriores-, todos estuvieron de acuerdo en que este cuento de terror protagonizado por un maquiavélico psiquiatra y su ayudante sonámbulo, en el que se incluyeron elementos del cine policiaco e incluso una velada e imposible historia de amor, se convertiría en una imprescindible obra clásica digna de estudio por innumerables generaciones posteriores. Dulces y turbulentos sueños.


JJ Stone

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