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Réquiem por un campesino español

Cuando Mosén Millán (nombre originario de la obra) es desbancado por el título definitivo con el que finalmente se daría a conocer este corto y a la vez magistral relato, seguramente que a don Ramón J. Sender no le cuadrase eso de que el dichoso cura libase de las mieles de los honores que otorga el verse plasmado en las brillantes letras de relieve que hubiera de lucir la portada. Lo que en un principio parecía el terreno  más sólido para sustentar esa piedra angular donde edificar una historia que acabaría por remover esos primigenios cimientos para acabar consolidándose en otros más acordes con el peso específico de la misma.

Como tantas historias a las que los personajes dan forma y no al contrario, esta, encaminada en un principio a incidir  principalmente en la figura de Mosén Millán, es engullida por lo que este mismo personaje desarrolla para que su propia singularidad sea desplazada por la pluralidad de los hechos, la trascendencia de los mismos, y la dramática carga emotiva de las vicisitudes de un campesino español que acaba asiendo las riendas del relato para así erigirse al pedestal que le es reservado por méritos propios.

El mismo autor da fe por propias vivencias a través de sus personajes del clímax del momento. Nadie más elocuente  que el propio testigo para dotar a la escena de la mordiente necesaria con la que el lector conectará de inmediato, facilitando esa inmersión a las aguas desbordadas por la pluma del escritor.

Todo un remolino efervescente de sentimientos encontrados en la obra de Sender. Sin dejar detalle en el tintero, en tan solo una semana, es completada la triste biografía de Paco el del Molino, quién convertido en mártir local, desbanca al cura que le dio su primera comunión, incluso de ese cargo de conciencia que le daba todos los puntos para que él fuera el centro indiscutible de un guión que ha virado hacia otro punto de vista ahora liderado por los desmanes del hombre, esos mismos que rubrican la absurda fatalidad de este campesino, la ruindad que muchos establecen como estrategia ganadora que extirpa de un balazo la decencia y el orgullo de los de abajo.

El hombre, desnudo, sin siglas ni prejuicios, es lo que nos muestra Sender en esta gran novela, al que según va afectando la embriagadora y a la vez tóxica línea roja que separa a víctimas y verdugos, unos engrosan unas mientras otros, ya sesgada su voz, reclaman justicia cual potro desbocado relinchando en una iglesia en la que un día sus feligreses comulgaban en paz. Podrán leerla pinchando en la imagen.

          

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