10 jun. 2015

Poema trágico en tres actos y siete cuadros




Alquimista de pasiones, prestidigitador de sentires, beato insigne de la luna, los montes, la brisa, el agua; todo lo que hace al hombre ser ardor y ansia. Así se me antoja presentar a uno de los más grandes dramaturgos que ha dado la literatura española del siglo XX. Federico García Lorca pertenece a ese universo de rutilantes creadores que a través de la poesía cargan de auroras sus plumas, incendian sus obras con las ascuas del alma y conjugan elementos naturales que son parte inherente y activa del ser humano.

“Bodas de sangre” podría concebirse como un crisol de componentes viscerales que llevados al límite dan como resultado lo que el autor granadino entiende como su forma de aunar pasión y muerte, amor y odio. Sentimientos estirados hasta un punto de no retorno donde el hombre exprime su propio ser asumiendo su papel vitalista en este mundo. Ahí es donde Lorca quiere y se gusta en llegar. Las pasiones más desaforadas llevadas hasta las últimas consecuencias; todo o nada, no hay medias tintas en la obra lorquiana.

Prosa y sobre todo verso dan lucidez y brío a un texto vibrante que rezuma un manantial pasionario que a bocanadas los personajes, como volcanes incandescentes, se ven obligados a desparramar en el escenario, propiciando un ambiente donde latragedia mana de cada verso, instando al espectador-lector a ubicarse en ese estado de emoción máxima en el que el autor pretende embarcarnos.


"Nana, niño, nana
del caballo grande
que no quiso el agua.
El agua era negra
dentro de las ramas.
Cuando llega al puente
se detiene y canta.
¿Quién dirá, mi niño,
lo que tiene el agua
con su larga cola
por su verde sala?"

Así comienza el acto primero, cuadro segundo, con esta "Nana del caballo grande" cargada, como todo el poemario incluido en la obra, de un gran simbolismo.

El caballo, ligado al personaje de Leonardo. se asocia a (virilidad, sexo) la luna, el cuchillo (muerte), el agua (vida, sangre). Conceptos vinculados con la acción de unos personajes que bajo el marco colorista de un paisaje andaluz interactúan estableciendo una comunión simbólica con estos elementos que la acción poética hace fraguar de manera magistral para dotar al conjunto de una impagable majestuosidad.

Lorca en estado puro, empapándose y empapándonos de esa incendiaria circunstancia de amoríos y muerte, donde palpar más de cerca el magma de la vida sería  harto difícil. Podrán leerla pinchando en el título, y a continuación ver la famosa y admirable adaptación que en 1981 Carlos Saura, rodeado de un elenco hoy mitológico, dirigiera con gran acierto.